Investigadores de las universidades de Cádiz y Córdoba han seguido con dispositivos GPS a zorzales comunes durante su migración por Europa para calcular hasta dónde pueden viajar las semillas de plantas con frutos carnosos en su interior.
Las aves que se alimentan de frutos, al ingerir las semillas junto con la pulpa y expulsarlas después en otro lugar, cumplen un papel esencial en la dispersión de muchas plantas silvestres. Según explican los autores del estudio, la mayoría de esas semillas no viajan muy lejos, pero una pequeña parte recorre distancias superiores al kilómetro, y son precisamente esos desplazamientos los que permiten a las plantas colonizar nuevos hábitats o conectar poblaciones separadas geográficamente.
Seguimiento por GPS de zorzales
Un equipo liderado desde la Universidad de Cádiz, con participación de un investigador de la Universidad de Córdoba, ha utilizado dispositivos GPS para seguir a zorzales comunes (Turdus philomelos) durante su migración, con ejemplares que se desplazaron desde Cádiz hasta Noruega, Finlandia o Rusia. Los investigadores combinaron esta información con datos sobre el momento en que las aves consumen los frutos, la hora de inicio y la velocidad de sus vuelos migratorios, y el tiempo que las semillas permanecen en su aparato digestivo.
Con estos elementos elaboraron modelos matemáticos que simulan las distancias de dispersión para 31 especies de plantas con frutos carnosos. Según los resultados del estudio, las aves migratorias que se alimentan de frutos facilitan distancias de dispersión muy superiores a las que se producen en sus movimientos habituales, no migratorios.
Distancias de hasta 500 kilómetros
Según la especie de planta, el recorrido medio estimado durante los vuelos migratorios se sitúa entre nueve y cuarenta y cinco kilómetros, con distancias máximas que superarían los quinientos kilómetros.
Los autores señalan que no todas las plantas aprovechan este mecanismo por igual: las semillas más pequeñas permanecen más tiempo en el tracto digestivo de las aves y, por tanto, tienen más tiempo para ser transportadas durante el vuelo. Como ejemplo, indican que en el tejo (Taxus baccata) solo el 0,1 % de las semillas se dispersaría a más de cincuenta kilómetros, mientras que en el madroño (Arbutus unedo) ese mismo porcentaje superaría los 138 kilómetros.
Relevancia ante el cambio climático
Los investigadores destacan que este mecanismo cobra especial importancia en un contexto de cambio climático, ya que algunas especies vegetales necesitan alcanzar nuevos lugares adecuados para evitar la extinción. Según explican, las aves frugívoras migratorias favorecerían especialmente la redistribución de aquellas plantas cuya fructificación coincide con el periodo de migración hacia latitudes más frías.
El estudio recuerda además que en 2016 investigadores de la Estación Biológica de Doñana ya habían aportado evidencias directas de dispersión de semillas a grandes distancias por aves migratorias, tras analizar ejemplares capturados por halcones cerca de las islas Canarias después de cruzar parte del océano Atlántico.
El trabajo ha sido firmado por Claudio Açaí Bracho-Estévanez, investigador postdoctoral en ecología de la Universidad de Córdoba, y Juan P. González Varo, profesor del Departamento de Biología de la Universidad de Cádiz, y fue publicado originalmente en The Conversation.